Cada vez compramos más dispositivos y los sustituimos con más frecuencia, aunque muchas veces la razón no es que el producto se haya roto de forma natural, sino que ha sido diseñado para durar exactamente lo que el fabricante ha decidido de antemano.
En este artículo repasamos qué es exactamente la obsolescencia programada, cómo se relaciona directamente con el problema creciente de los RAEE (residuos de aparatos eléctricos y electrónicos) y veremos algunos ejemplos de este tipo de prácticas.

¿Qué es la obsolescencia programada?
La obsolescencia programada es la práctica industrial mediante la cual un producto se diseña o fabrica con una vida útil deliberadamente limitada, de forma que deje de funcionar correctamente, pierda utilidad o resulte poco atractivo después de un periodo de tiempo determinado. El objetivo de ello es claro: acelerar la sustitución del producto por uno nuevo, fomentando así la necesidad de consumo y el beneficio de los fabricantes.
Existen varios tipos de obsolescencia programada, y entender esta clasificación es clave antes de repasar ejemplos concretos:
- Obsolescencia funcional o técnica: el dispositivo deja de funcionar tras un tiempo estimado, a menudo por el desgaste intencionado de una pieza clave.
- Obsolescencia de software: actualizaciones que ralentizan o inhabilitan progresivamente el rendimiento de un dispositivo, empujando a la compra de uno nuevo.
- Obsolescencia estética o percibida: el producto sigue funcionando, pero el fabricante lanza diseños que lo hacen sentir «anticuado» frente a las nuevas tendencias.
- Obsolescencia por incompatibilidad: un producto deja de ser compatible con accesorios, cargadores o piezas de repuesto, forzando su reemplazo completo.
- Obsolescencia por indisponibilidad de repuestos: el fabricante deja de producir piezas de recambio o dificulta el acceso a un servicio técnico asequible.
El Cartel Phoebus y las bombillas: ¿Origen de la obsolescencia programada?
El Cártel Phoebus fue una asociación formada en 1924 por algunos de los principales fabricantes de bombillas del mundo. Oficialmente, su objetivo era estandarizar la producción y mejorar la calidad de las lámparas incandescentes, pero con el tiempo se descubrió que también acordaron limitar deliberadamente la vida útil de las bombillas a unas 1.000 horas de funcionamiento. Para garantizar el cumplimiento de este acuerdo, el cártel estableció controles y sanciones para los fabricantes cuyas bombillas superaran ese límite de duración.
Por este motivo, el Cártel Phoebus suele considerarse uno de los primeros ejemplos documentados de obsolescencia programada, entendida como la práctica de diseñar productos con una vida útil intencionadamente limitada para fomentar su sustitución y aumentar las ventas.
La relación entre la obsolescencia programada y los RAEE
Los RAEE (Residuos de Aparatos Eléctricos y Electrónicos) son todos aquellos dispositivos que, una vez terminada su vida útil, se convierten en residuos: móviles, ordenadores, electrodomésticos, televisores, impresoras, etc. Y aquí es donde la obsolescencia programada entra en juego de forma directa: cuanto más corta sea la vida útil diseñada de un producto, mayor será el volumen de RAEE que se genera cada año.
Según el Observatorio internacional sobre residuos electrónicos, en 2022 se generaron 62.000 millones de kg de residuos electrónicos en todo el mundo, lo que se traduce en 7,8 kg por habitante en promedio. Únicamente el 22,3 por ciento (13.800 millones de kg) de dichos residuos se recogió y recicló de forma adecuada.
Las cifras anteriores ponen de manifiesto el importante impacto ambiental que generan los residuos de aparatos eléctricos y electrónicos (RAEE). En este contexto, la obsolescencia programada desempeña un papel determinante, ya que contribuye directamente al aumento de este tipo de residuos. Esta relación entre obsolescencia programada y RAEE se puede resumir en tres puntos clave:
- Aceleración del ciclo de consumo: al acortar la vida útil de los productos, la obsolescencia programada multiplica la cantidad de aparatos que se desechan cada año.
- Dificultad de reciclaje: muchos productos con obsolescencia programada están diseñados de forma que dificulta o imposibilita desmontarlos para reciclar sus componentes, lo que agrava el problema de los RAEE.
- Pérdida de materiales valiosos: los RAEE contienen metales como oro, plata, cobre o litio. Cuando estos residuos no se gestionan correctamente, se pierden recursos que podrían reintroducirse en la economía circular.
Ejemplos de obsolescencia programada
Los siguientes ejemplos muestran cómo determinadas decisiones de diseño pueden acortar la vida útil de los productos o dificultar su reparación, provocando que dispositivos todavía funcionales acaben convirtiéndose en residuos antes de lo necesario.
Las baterías «selladas» de los auriculares inalámbricos
Muchos modelos de auriculares inalámbricos integran baterías de litio no reemplazables, soldadas directamente a la placa base y encapsuladas dentro de una carcasa sellada con adhesivo industrial. Este diseño no es casual: las baterías de este tipo tienen un ciclo de vida limitado a unas 400-500 cargas completas, lo que en un uso diario se traduce en una pérdida notable de autonomía en apenas 18-24 meses.
El problema no es solo que la batería se degrade —algo inevitable en cualquier dispositivo con litio—, sino que el propio diseño impide su sustitución sin dañar el resto de componentes. Abrir la carcasa suele requerir calor y herramientas de precisión, y en la mayoría de los casos el coste de una reparación «oficial» iguala o supera el precio de un modelo nuevo de gama similar. El resultado es que un fallo que técnicamente afecta a una sola pieza —la batería— acaba condenando al desecho el dispositivo completo, con el chip, los altavoces y la carcasa todavía en perfecto estado.
Electrodomésticos con tornillería y piezas de diseño exclusivo
A veces, en lavadoras, frigoríficos y robots de cocina, se utilizan tornillos con cabezas no estandarizadas que solo pueden manipularse con herramientas específicas del fabricante, normalmente reservadas al servicio técnico oficial. Esto se combina con piezas internas —como los rodamientos del tambor o las resistencias— fabricadas como componentes únicos y no compatibles con recambios genéricos del mercado.
Esta combinación provoca una barrera técnica y económica: el usuario no puede reparar el aparato por su cuenta ni acudir a un técnico independiente, y el servicio oficial suele fijar un coste de reparación deliberadamente cercano al precio de un electrodoméstico nuevo. Por ello, aunque exista una reparación posible, el usuario suele optar por reemplazar el electrodoméstico por uno nuevo.
Portátiles y tablets cuyas baterías de repuesto se dejan de fabricar
A veces, en portátiles y tablets, la batería se fabrica como una pieza específica de ese modelo y solo se mantiene disponible como recambio oficial durante 2-3 años tras el lanzamiento. Esto provoca que, pasado este tiempo, el fabricante tome la decisión de no proveer durante más tiempo esa pieza y en ocasiones, no volver a producirla ni siquiera bajo pedido, porque no compensa mantener una línea de fabricación para un modelo que ya no está en su catálogo actual.
El resultado de esto es que, aunque un dispositivo, con la pantalla, el teclado y la placa base en perfecto estado, quede atado a una batería que va perdiendo capacidad de forma natural, sin ninguna vía oficial de sustitución. Las alternativas que aparecen en el mercado suelen ser baterías genéricas de terceros, de calidad y seguridad desiguales, lo que empuja a buena parte de los usuarios a optar directamente por comprar un equipo nuevo antes que arriesgarse a instalar una pieza no certificada.
Actualizaciones de software que ralentizan progresivamente los smartphones
A veces, en teléfonos móviles, el fabricante distribuye actualizaciones del sistema operativo que reducen de forma automática el rendimiento del procesador en los modelos con batería más antigua o desgastada. Esto se suele justificar como una medida para evitar apagones inesperados provocados por picos de demanda energética que la batería ya no puede suministrar.
Esto da lugar a que la ralentización se aplique de forma silenciosa y afecte a la fluidez general del dispositivo: aperturas de aplicaciones más lentas, retrasos en la cámara y menor capacidad de multitarea. Muchos usuarios, al notar que su teléfono «envejece» de golpe tras una actualización, terminan comprando un modelo más actual.
Cambio del conector o la base de carga entre generaciones del mismo dispositivo
A veces, en auriculares, relojes inteligentes o mandos de videoconsola, se cambia el tipo de conector de carga o la forma de la base magnética de una generación a la siguiente del mismo producto, aunque el resto del diseño apenas varíe. Esto hace que el fabricante deje de vender el cargador o la base antigua al poco tiempo de lanzar la nueva versión, de modo que si el accesorio original se pierde, se rompe o simplemente se desgasta, ya no existe un recambio oficial compatible con el dispositivo que el usuario sigue utilizando.
Y aunque el dispositivo cuya electrónica interna sigue funcionando perfectamente termina siendo inservible únicamente porque ya no se puede cargar, obligando al usuario a sustituirlo por la generación siguiente en lugar de reponer una simple pieza.
Cómo combatir la obsolescencia programada
Aunque el fenómeno responde a intereses comerciales, como consumidores existen estrategias para reducir su impacto:
- Priorizar marcas con índice de reparabilidad alto.
- Optar por productos con garantías extendidas y disponibilidad de repuestos.
- Apoyar iniciativas de economía circular y puntos de reciclaje de RAEE.
- Informarse sobre el derecho a reparación vigente en cada país, teniendo en cuenta normativas como la Directiva sobre el Derecho a Reparar de la Unión Europea (UE), que facilita la reparación de productos, promueve el acceso a repuestos y fomenta un consumo más sostenible.,
La obsolescencia programada es mucho más que un mito de consumo: es una estrategia real con consecuencias medioambientales directas, especialmente visibles en el aumento constante de los RAEE. Conocer sus mecanismos y ejemplos es el primer paso para tomar decisiones de compra más conscientes y exigir productos más duraderos y reparables.
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